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Empezaré diciendo que esto que estáis leyendo es un artículo de opinión, el primero de la web y todo lo que comento está sujeto a opinión y debate. Y con este pequeño aviso, comenzamos.
En comparación con Alberto, no odio a los coches eléctricos; es más, creo que tienen su razón de ser. Me parece, por ejemplo, que para moverse por la ciudad son muy cómodos, porque los considero muy ágiles debido a su rápida respuesta, a pesar de su enorme peso. Me encanta eso de estar en un semáforo, ponerse en verde y salir el primero y dejar al resto detrás; me siento como Verstappen.
También considero que los eléctricos han traído consigo una serie de pijadas que han sido necesarias para diferenciarse y poder competir con los térmicos. Tesla, pionero de todas estas tecnologías —como la conducción autónoma, el control remoto del coche pudiendo activar la calefacción o el aire acondicionado a distancia, o el control total desde una app— ha convertido el coche en, básicamente, un ordenador con ruedas. Y en cierto modo estoy de acuerdo con ello, porque un eléctrico no puede competir realmente en “sensaciones” o “pasión”, ya que muchos de ellos no transmiten mucha emoción en el día a día (salvo que pongas el coche en modo Ludicrous). Defiendo, y siempre he defendido, que ambas tecnologías podrían coexistir sin problema.
Ahora bien, a lo que soy contrario es a la electrificación total de las flotas del mundo con el mensaje de que “hay que salvar el planeta de las emisiones dañinas”. ¿Por qué? No hay una razón real para ello, en mi opinión, sobre todo cuando son imposiciones políticas sin ningún criterio real. Y en cuanto te imponen algo, empiezas a verle fallos a esa idea que antes veías de manera tan agraciada y noble.
En mi opinión, la mejor manera de hacer bajar las emisiones es a través de la hibridación real (no la mild-hybrid), algo que lleva defendiendo Toyota durante muchos años y que queda ilustrado en lo que ellos llaman la regla 1:6:90. Esto significa que los materiales usados en un coche eléctrico darían para seis híbridos enchufables y para noventa coches híbridos normales. Sin embargo, de alguna manera, todo el mundo ha decidido que cualquier cosa que lleve un motor térmico debe morir… o al menos hasta hace poco, ya que los fabricantes han empezado a dar marcha atrás con la electrificación total.
En cuanto al coche en sí, tengo varias críticas al coche eléctrico. La primera es la falsa noción de que un coche eléctrico no contamina. Podemos decir que durante su funcionamiento no emite gases nocivos, pero toda su producción es contaminante: entre un 60 y un 70 % más que un coche térmico, principalmente por lo intensiva que es la minería de materiales necesarios para la producción de baterías.
A eso se suma el tema de las baterías y qué se hace con ellas al final de su vida útil. Después de entre 200.000 y 400.000 kilómetros, esa batería ha perdido la gran mayoría de su capacidad útil, y tienes varias opciones: o cambias la batería —un coste que puede ascender a más de 20.000 euros— o tiras el coche entero. Y con eso llegamos a mi siguiente crítica: muchos de esos coches eléctricos son coches de usar y tirar. Es improbable que ninguno de ellos se convierta en un coche clásico. No porque no lo merezcan, sino porque la batería habrá muerto para el momento en que pueda considerarse clásico. Y olvídate de encontrar un coche antiguo en un almacén y ponerlo a funcionar: nanai.
El problema del reciclaje de las baterías es un temón para el que considero que aún no hay infraestructura suficiente. Y por si fuera poco, está el problema de la carga de los coches eléctricos, ya que la red eléctrica tiene un límite de cuántos cargadores pueden instalarse. Y no hablemos de aquellos que ya están instalados… y no funcionan.
También se podría argumentar que, por el valor residual de algunos coches, es casi como comprarlos y, con el paso del tiempo, tirarlos. Por ejemplo, mi primer coche, siendo un Daewoo Lanos, dudo que mucha gente tenga interés en salvarlo, y su valor residual ronda los 1.000 euros. Ese es un argumento que se podría hacer, sí, pero con una diferencia: mientras esa mecánica esté bien mantenida, y al coche le eches gasolina, siempre va a tirar.
Y luego está el dinero. Solo Volkswagen ha quemado aproximadamente 190.000.000.000 —ciento noventa mil millones— de euros en su estrategia de eléctricos. Y mi pregunta es: ¿si hubieran metido toda esa pasta en combustible renovable o neutro en emisiones… dónde estaríamos ahora? No sé. Cierto es que toda esta carrera por los EV y su posterior demostración de que el mundo aún no está preparado para una electrificación total ha hecho que las empresas busquen nuevas vías para ser eco-friendly mientras salvamos el motor térmico.
Yo, de nuevo, no creo que el eléctrico sea el mayor insulto que la humanidad le haya hecho al mundo del motor (quizás ese sea al Pontiac Aztek)
Alberto considera que el coche eléctrico es una aberración que va contra todos los principios que cualquier amante del motor debe tener: el purismo, la transmisión manual, un interior libre de tecnología… Qué os voy a decir, si el chaval conduce un Toledo de hace 26 años por diversión.
Yo, de nuevo, no creo que el eléctrico sea el mayor insulto que la humanidad le haya hecho al mundo del motor (quizás ese sea al Pontiac Aztek), ni que haya que cargárselos todos. Creo que, en un mundo normal, pueden y deben coexistir, y será el consumidor quien deba elegir.
